Nueva ofensiva en Afganistán
Estados Unidos desplegó quince mil soldados contra el talibán
GUIÓN DEL VIDEO
Sábado 27 de febrero de 2010/ Redacción: Francisco Ali-Brouchoud/ Visión Siete Internacional/ Lo dice el conservador The Washington Post: el principal objetivo de la ofensiva anglo-estadounidense para capturar la población afgana de Marja, en la provincia de Hellmand, al sur de este país asiático, fue incidir en la opinión pública de los Estados Unidos, que comienza a manifestar su poca paciencia para con una guerra que está a punto de cumplir diez años, y ya suma mil soldados norteamericanos muertos.
El reporte del Post señala que esa ciudad, sobre la que convergió una tropa de más de 15 mil hombres equipados con la más sofisticada tecnología de guerra, para reducir a apenas mil militantes Talibán armados en su mayoría con fusiles de asalto y granadas, no fue elegida por su importancia estratégica, sino por la facilidad con que podría ser conquistada, a un costo mínimo de vidas.
El motivo está claro: Obama, y junto con él el general Stanley McChrystal, máximo jefe militar de los Estados Unidos en Afganistán, de quien dependen también las tropas de la OTAN en ese país, deben demostrar que los miles de soldados adicionales enviados allí estaban justificados.
Y también que este escenario de la denominada “Guerra contra el Terrorismo”, una etiqueta acuñada por George W. Bush a la que Obama adhiere con fervor, no es una batalla perdida.
Marja, una localidad que alberga a entre 50 y 80 mil personas, es mucho menos importante que Kandahar, la “capital” de facto de los Talibán durante su gobierno anterior a la invasión, donde se apiñan 850 mil habitantes, para controlar la provincia de Helmand, un territorio en el que los militantes afganos continúan tan fuertes como antes, pese a haber perdido este bastión.
La captura de Marja es, pues, otro indicador de que la guerra se está librando más en el terreno de la opinión pública y los medios, tanto en Estados Unidos como Afganistán, que en el campo de batalla.
Tanto como lo fue la inusual disculpa que McChrystal en persona dio a través de la televisión nacional afgana, por el ataque aéreo del domingo 21 de febrero, uno más de una serie de incidentes cotidianos, que acabó con la vida de al menos 21 civiles.
El propio McChrystal lo enunció en términos tan claros como su apellido, y además, bastante novedosos: “Esta es una guerra de percepciones. No es una guerra física en términos de cuánta gente uno mata o cuánto territorio se captura, cuántos puentes se vuela. Está en las mentes de los participantes”. Y es a esas mentes a quienes hay que dirigirse.
La eficacia de la disculpa televisiva de McChrystal, dudosa en un país con su infraestructura destruida por años de guerra y bombardeos indiscriminados por parte de los invasores, y donde el porcentaje de la población en condiciones de ver televisión es muy bajo, no debe distraer de otro de los objetivos de la nueva estrategia estadounidense en Afganistán: evitar que la indignación de la población ante la indiferencia de los ocupantes por las vidas afganas siga nutriendo las filas de la insurgencia.
La tarea no parece fácil. El modelo que McChrystall y los planificadores del Pentágono pretenden aplicar aquí es similar al que les permitió en Irak desarticular a los principales grupos de la resistencia y disminuir -aunque no evitar del todo- el número de bajas estadounidenses. El mecanismo se basa en forjar alianzas con líderes tribales y fortalecerlos contra los Talibán.
Pero las relaciones interétnicas en Afganistán difieren mucho de las que pueden encontrarse en Irak. En Afganistán, las relaciones que articulan a la etnia pashtún, la principal en ese país, atraviesan la frontera con Pakistán, y están construidas sobre bases tanto culturales como religiosas.
La detención de una parte importante de la dirigencia Talibán en Pakistán, fruto de la presión que Washington ejerció sobre el Inter Service Intelligence o ISI, la inteligencia pakistaní, no parece ser, tampoco, una señal con la que haya que entusiasmarse.
La inteligencia pakistaní ya ha ofrecido a los estadounidenses en el pasado supuestos altos dirigentes de la insurgencia, apenas como mecanismo para apaciguarlos, mientras continúa cultivando los lazos históricos que la ligan a los estudiantes islámicos desde su surgimiento en las madrassas o escuelas religiosas en Pakistán.
La ofensiva en Marja provocó la muerte de 28 civiles, entre ellos, 13 niños, y el desplazamiento de al menos otros 24 mil, que sobreviven como pueden de la limitadísima ayuda que les brinda el gobierno de Hamid Karzai.
Según el general David Petraus, jefe del Comando Central estadounidense, este es sólo el inicio de una campaña que podría extenderse por más de un año a partir de ahora.
La “guerra de percepciones” que el general McChrystal logró venderle a Barack Obama tiene, como se ve, víctimas concretas, que podrían multiplicarse por miles cuando llegue el turno de Kandahar, la ciudad sobre la que reposa toda la logística Talibán en el sur del país.
Una ofensiva allí no se parecerá a la de Marja, sino a la de Fallujah, en Irak, donde la victoria de los invasores se logró bombardeando con napalm, fósforo blanco, morteros y misiles, a un costo de 10 mil edificios destruidos, y cientos de vidas iraquíes. © Noticiero Visión Siete/ TV Pública/ Argentina








